La Clásica de Julito: El rompepiernas definitivo por la Costa da Morte



Las mejores aventuras ciclistas empiezan con un «no hay huevos» en el taller de confianza. El viernes por la noche visité al gran Maestro Julito Arán en Bicis Arán, y allí mismo se cocinó la salida de hoy. El sábado a las 8:30 ya me encontraba en su casa en Rus (Carballo). Fui a ciegas, sin tener ni idea del recorrido ni de la distancia. Todo estaba en manos de Julito, lo que en el argot ciclista significa solo una cosa: una encerrona en toda regla por las carreteras de A Coruña.


 



  Salir desde Rus significa empezar ya con las piernas calientes; esta parroquia está más cerca del cielo que cualquier otra en Carballo. El culpable es el monte Villariza, que se eleva hasta los 480 metros. Sin embargo, su mística también viene de su historia sagrada: aquí se levanta la majestuosa iglesia de Santa María, apodada con razón la «catedral de Bergantiños». Antes de dar los primeros pedales, es de obligado cumplimiento admirar su famosa fervenza (cascada), una joya oculta del entorno.



     ¡Pedales a la obra! El termómetro marca una temperatura gélida cuando arrancamos a eso de las 9:45 (aquí se rueda sin prisas). Ponemos rumbo a Coristanco, dejando que las piernas despierten gracias al clásico relieve quebrado gallego. Casi de golpe, la carretera nos regala una joya: el Refuxio de Verdes. Este espacio recreativo, bañado por el río Anllóns, es un espectáculo etnográfico. Caminar entre sus senderos rodeados de carballos te sumerge en una Galicia mágica repleta de molinos restaurados, cascadas, puentes y las huellas históricas de un antiguo batán. El lugar ideal para estirar las piernas.



Muy cerca de la ruta, el mapa nos exige otra parada obligatoria: Ponte Lubiáns, un tesoro arquitectónico que sirve de nexo entre Carballo y Coristanco. Escondido en el entorno de Montecelo, sobre las aguas del río Anllóns, este puente romano es un testigo mudo del pasado. Formaba parte de la calzada Per Loca Marítima, el gran eje que conectaba el fin del mundo (Fisterra) con la actual A Coruña. Un rincón perfecto para una foto de grupo con sabor a historia.



El relieve quebrado de la provincia no da tregua. Tras despedirnos de Coristanco, ponemos rumbo a Cereo y nos topamos de frente con un repecho exigente camino de Villaverde. La carretera AC-421 se convierte en el escenario ideal para medir las fuerzas de la grupeta. Al suavizarse la pendiente, el mapa nos sitúa a las puertas de Buño, un pueblo emblemático cuyo nombre va ligado para siempre al arte de moldear el barro.



Rozar este pueblo obliga a hablar de su identidad: Buño es un pilar fundamental de la artesanía gallega. El prestigio de sus alfareros está respaldado por la Medalla de Oro de Bellas Artes, un reconocimiento a siglos de tradición moldeando el barro. Es fascinante ver cómo han evolucionado; pasaron de fabricar el menaje tradicional de las casas gallegas (jarras, tazas y tarteras) a diseñar piezas vanguardistas con esmaltes modernos. Una adaptación brillante que fusiona las tendencias contemporáneas con técnicas e iconos que tienen más de doscientos años de historia.


Dejamos atrás el barro de Buño para plantarnos en Ponteceso, la puerta de entrada a la Costa da Morte más indómita. Entrar aquí es un espectáculo visual, con el río Anllóns ensanchándose a nuestro lado para formar un estuario natural impresionante. Una parada obligatoria para estirar la espalda antes de afrontar los siguientes repechos.



Ubicado en el extremo más oriental de la Costa da Morte, este rincón marca un antes y un después en nuestra ruta. Cruzar su territorio significa adentrarse de lleno en el territorio del viento, los acantilados y las leyendas del fin del mundo peninsular.





El Maestro Julito nos guía hacia un escenario sobrecogedor. Llegamos a la Punta do Roncudo, en Corme, un lugar que ejemplifica a la perfección la mística toponimia de la Costa da Morte. Aquí la mar azota las rocas con tal violencia que su ronco e incesante sonido bautiza este rincón. En medio de este paisaje abrupto de acantilados expuestos al Atlántico es donde los intrépidos percebeiros desafían al oleaje para extraer el mejor percebe del planeta. El viento pega de cara, pero la estampa compensa cada pedalada.


     
Rodar hasta aquí es asomarse a la cara más dura del Atlántico. O Roncudo arrastra una historia negra en las cartas marítimas, condicionada por siglos de naufragios y tragedias que otorgan un valor incalculable al trabajo de su gente. El verdadero impacto llega al dejar las bicis y caminar hacia el borde del faro: allí se levantan las desgarradoras cruces blancas, un silencioso homenaje a los percebeiros que se cobró el mar.
 Un lugar que impone un respeto absoluto.





Prometemos regresar en otra ocasión para saborear ese manjar del mar; de momento, la encerrona del Maestro Julito no da tregua. Dejamos atrás las rocas de Corme para cruzar el cauce del río Anllóns a la altura de Cabana de Bergantiños. Desde aquí, enfilamos la carretera de la costa que nos conduce directos hacia el precioso pueblo marinero de Laxe.


Entrar en Laxe con las bicicletas es un auténtico regalo. Esta villa marinera nos acoge con una de las playas urbanas más espectaculares de Galicia, un casco antiguo lleno de encanto y un patrimonio arqueológico brutal. Antes de continuar, es obligatorio desviarse hacia su célebre cala cubierta de cristales de colores. Ver cómo brilla la arena bajo el sol compensa cualquier rampa que el Maestro Julito nos tenga preparada.




La encerrona del Maestro Julito nos regala un tramo espectacular. Tras dejarnos llevar por una carretera sin apenas tráfico, que serpentea de forma mágica entre el paisaje, nos plantamos en A Ponte do Porto. Cruzar este histórico punto es el preludio perfecto para el tramo de regreso, con el río Grande escoltando nuestra marcha.



Detenerse en A Ponte do Porto obliga a mirar al pasado. Su nombre nace del puente del siglo XIII que salva el río Grande, testigo de una época en la que este rincón albergaba un puerto con un flujo maderero clave para la economía local. Además, guarda un vínculo fascinante con la artesanía gallega: entre los siglos XIX y XX, su feria se convirtió en el gran centro logístico del encaje de Camariñas, canalizando los envíos de estas valiosas piezas hacia mercados tan lejanos como Cuba, Estados Unidos o Sudamérica.




 

Apretamos los dientes por la CP-1603 para conectar con la AC-440 rumbo a nuestro siguiente gran hito: Muxía. Entrar aquí despierta recuerdos imborrables; este puerto fue uno de los epicentros más golpeados por la marea negra del Prestige, un suceso que marcó su historia y la dio a conocer al mundo entero. Hoy, Muxía brilla con luz propia como uno de los pueblos marineros con más magia de Galicia. Su ubicación en plena Costa da Morte la convierte en un imán idílico si buscas perderte entre playas salvajes, senderos junto al Atlántico, buen marisco y un patrimonio cultural fascinante.


  Rodar por Muxía es descubrir secretos únicos. Su puerto esconde una joya etnográfica: es el único lugar de toda Europa donde sobreviven secaderos de congrio artesanales (los de Os Cascóns y A Pedriña). Estas estructuras de madera se usan para curar el pescado siguiendo un proceso milenario que la industria casi ha extinguido y que resiste gracias al tesón de dos familias locales. Además, estando aquí hay que hacer justicia geográfica: aunque Fisterra se lleva la fama, el punto más occidental de la España peninsular es en realidad el cercano Cabo Touriñán. Es, sin discusión, el mejor balcón del continente para disfrutar de la última puesta de sol.








   Antes de emprender el regreso de la encerrona, el Maestro Julito nos lleva hasta el borde del mar para contemplar el Santuario da Virxe da Barca. Este templo se levanta en el punto exacto donde, según la tradición, la Virgen se le apareció a Santiago Apóstol a bordo de una barca de piedra. Si visitáis la zona durante su famosa romería de septiembre, viviréis algo único. Pero el verdadero secreto está en el suelo que rodea al santuario, sembrado de rocas mágicas. Podéis probar a pasar nueve veces bajo la Pedra dos Cadrís para sanar los dolores de espalda del pedaleo, buscar la mística Pedra de Abalar o contemplar la Pedra do Timón. Un baño de cultura gallega que te carga de energía antes de volver a dar pedales.






  Un detalle clave para los amantes de las alforjas: Muxía funciona como un punto neurálgico en la prolongación del Camino de Santiago hacia el «fin del mundo». Es parada obligatoria para los peregrinos y cicloturistas que deciden enlazar su aventura con Fisterra, convirtiendo este puerto en un hervidero de historias de asfalto, tierra y mar.





 Tras analizar los datos del GPS, decidimos parar a reponer fuerzas, ya que nos esperaba una vuelta bastante durilla. No era para menos: a esas alturas de la jornada ya habíamos recorrido unos 75 km y acumulado cerca de 1500 metros de desnivel positivo desde que salimos de Rus. Con ese perfil de auténtico "serrucho" gallego en las piernas, una buena dosis de comida y descanso era obligatoria si queríamos sobrevivir al tramo de regreso.






Con el combustible repuesto en el cuerpo, damos por finalizado el «avituallamiento». Toca volver a la realidad: bicicletas listas y proa hacia Cee. Nos espera un terreno quebrado y exigente, de esos que obligan a concentrar la mirada en el asfalto y agarrarse abajo del manillar.



Salir de Muxía tiene tela: es subir, subir y subir sin descanso. Enlazamos la DP-5201 con la DP-2303, un tramo de carretera espectacular, con buen asfalto y sin apenas tráfico, ideal para disfrutar a pesar de la pendiente. Llegando a la intersección de Cee y Corcubión decidimos cambiar los planes y emprender la vuelta definitiva, ya que por circunstancias personales tenía que estar temprano en A Coruña. Aunque, como suele decirse, «no hay mal que por bien no venga...». La subidita que nos tocaba afrontar la había sufrido años atrás en el Gran Fondo Ézaro, y doy fe de lo durísima que es, más aún con tantos kilómetros en las patas.

 

¡Esta vez nos libramos de milagro!



Una vez cambiado el rumbo, ya solo quedaba «mallar» sobre los pedales. Por delante nos restaba un menú de lo más exigente para gastar los últimos cartuchos: Berdoias, Vimianzo, Baio, Agualada, Coristanco y, por fin, la meta en Rus. Una rutaza descomunal y muy rompepiernas que me recuerda inevitablemente a la mítica etapa gallega de La Vuelta 21 en Mos, la tierra de Óscar Pereiro. Aquella jornada se bautizó como «la Lieja de Pereiro», una clásica de un día en toda regla. El propio Óscar la definía a la perfección: «Es una emboscada de las buenas, tienes cinco puertos sin descanso... El que quiera hacer daño de verdad lo podrá hacer en esta etapa» .

 

Y doy fe de que el Maestro Julito nos preparó una emboscada idéntica. ¡Objetivo cumplido!


  En definitiva, la Clásica de Julito es una ruta rompepiernas con mayúsculas. Ese continuo sube y baja tan típico de Galicia es capaz de transformar un día de ciclismo en una tortura si las piernas no están bien entrenadas. Eso sí, para los amantes de los retos exigentes, es un paraíso. Si queréis poneros a prueba y disfrutar de nuestra particular «mini Lieja», dejadme un comentario y os paso el track de GPS. Os aseguro que no os va a defraudar.











Galicia fue, es y será mágica!!




"...el fin no es rodar, rodar es el medio, el medio para descubrir nuevos sitios pero también para reencontrarnos con nosotros mismos".

























Comentarios

  1. que rutaza más increíble. una narración tan equilibrada y dinámica que a uno le entran ganas de hacerla. magníficas fotos. este blog debería ser premiado por la Consellería de turismo de la Xunta de Galicia. EXTRAORDINARIO.

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    1. Gracias Maxi!! Espero verte pronto!! Un fuerte abrazo amigo!!

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