Gravel hasta Razo
Tras el parón obligado por el pequeño accidente de agosto, y con solo unas pocas salidas de toma de contacto en las piernas, el cuerpo ya pedía kilómetros de verdad. La elegida para esta primera tirada larga fue la bicicleta de gravel. Y es que las virtudes de esta modalidad son infinitas: te da la libertad de devorar asfalto, saltar a pistas de tierra y sortear zonas técnicas en una misma ruta. El gravel rompe los esquemas del ciclista tradicional de carretera, ofreciendo nuevas perspectivas y permitiéndote explorar lugares recónditos donde antes era imposible entrar. Puro espíritu de exploración.
Para mí, la clave del gravel es la seguridad: poder rodar libre, lejos del peligro de los coches y sin la tensión constante de los «enlatados». Es una modalidad que me atrapó por completo y que hoy se lleva el 75 % de mis kilómetros. Para esta tirada larga, decidí añadirle picante al asunto: el objetivo era alcanzar la Playa de Razo a golpe de pedal, tomar un avituallamiento rápido y diseñar la vuelta a ciegas, apagando el GPS para confiar únicamente en el instinto y la suerte de encontrar nuevos caminos. El pistoletazo de salida lo damos en el carril bici de San Diego. Desde ahí, una vía ciclista nos escolta de forma ininterrumpida cruzando el puerto de A Coruña hasta dejarnos en las puertas de O Portiño.
...el puerto de A Coruña será uno de los pasos obligados en el trayecto. A golpe de pedal, la vía ciclista nos lleva a costear junto al mítico Castillo de San Antón. Rodar al amparo de sus viejos muros de granito, levantados sobre lo que antes era un islote fortificado, te hace sentir la mística marinera de la ciudad antes de dejar atrás la bahía urbana.
...el recorrido nos lleva en volandas junto al océano hasta que finalmente llegamos a O Portiño. Aquí, a las puertas de mar abierto, el carril bici termina su trazado justo tras acumular unos 16 km de pedaleo limpio desde San Diego. Es el momento del cambio de chip: guardamos la tranquilidad de la vía ciclista y nos preparamos para adentrarnos en las pistas y caminos de tierra que nos guiarán hacia nuestro destino.
...fin de la vía ciclista protegida en O Portiño. Lo abandonamos, pero el camino no da tregua: la ruta se transforma en una pista compartida con peatones que serpentea al borde de los acantilados. Rodar por aquí es un auténtico espectáculo visual, costeando el Atlántico mientras dejamos a un lado la depuradora de aguas de A Coruña. Las ruedas de tacos por fin muerden la tierra y las piedras sueltas, exigiéndonos un extra de atención en el manillar.
La mejor recompensa de este camino es que nos permite huir de la ciudad de forma sencilla y con cero estrés de coches. Rodamos con total tranquilidad pasando por Suevos, devorando los kilómetros hasta conectar con el carril bici de Sabón. Desde este punto de Arteixo, el asfalto nos guía de forma directa para acercarnos a la Playa de Barrañán, donde el Atlántico ruge con fuerza y el paisaje se vuelve cada vez más indómito.
Al asomarnos a Barrañán la encontramos, como siempre, poblada de surfistas buscando la mejor ola del día. Ese constante ir y venir de neoprenos y tablas le da una energía brutal al entorno, contagiándonos de ganas de seguir quemando kilómetros por la costa.
...devorando los kilómetros junto al Atlántico, el perfil de la costa nos regala un suave descenso y pronto llegaremos a Caión. Rodar por las calles de esta joya marinera —famosa en el pasado por su antigua tradición de caza de ballenas— es una gozada para los sentidos. El rincón idílico para tomar aire antes de afrontar los kilómetros que nos separan del gran arenal de Razo.
El momento clave del día llega en la playa de As Salseiras. Allí abandonamos la carretera para morder la senda peatonal de zahorra que serpentea pegada al mar. Rodar por esta alfombra de tierra compacta te introduce de lleno en la magia salvaje de la Costa da Morte. Es un tramo solitario y espectacular, ideal para disfrutar del pedaleo mientras el Atlántico ruge bajo los acantilados, esculpiendo cuevas, bufaderos y misteriosas furnas a nuestro paso.
...el espectáculo natural de los acantilados nos acompaña a cada pedalada mientras la senda de zahorra nos hace avanzar rápido. Ya queda menos para la Lagoa de Baldaio. La expectación crece: estamos a las puertas de cruzar uno de los complejos dunares y lagunares más imponentes del norte peninsular, el preludio perfecto antes de pisar el gran arenal de Razo.
El esfuerzo de las pistas comarcales tiene su premio al coronar el litoral. Nos recibe la Playa de Razo, el arenal a mar abierto más grande de Galicia con 6 kilómetros de longitud y un sinfín de picos que mueren en Baldaio. Al bajarme de la bicicleta descubro su secreto mejor guardado: estamos ante una playa fósil.El relieve original de este entorno se remonta a miles de años atrás, cuando la línea de costa estaba suspendida a la altura de la actual zona verde del paseo. En la época del Cuaternario, las oscilaciones del nivel del mar debido a los ciclos polares modificaron la geografía gallega de forma radical. Basta con acercarse a los pequeños acantilados del tramo final para comprobar que no son de piedra maciza, sino depósitos de arena y cantos rodados donde el tiempo ha dibujado estratos perfectos. Razo es un organismo vivo en constante mutación por la fuerza del agua y las mareas; si cambia de un día para otro, imagínate lo que ha sido capaz de hacer a lo largo de los siglos.
Un buen pincho, un Aquarius bien frío para reponer electrolitos y nos despedimos de la espectacular Playa de Razo. Con las fuerzas recuperadas y el gusanillo geológico saciado, llega el momento más intrigante del día: apagar el GPS para emprender la vuelta a ciegas. Sin mapas en el manillar, he decidido que el regreso se guiaría únicamente por el instinto y la suerte, adentrándonos por pistas rurales desconocidas que convirtieron el camino a casa en una maravillosa encerrona improvisada.
...Una transición perfecta para aproximarnos al núcleo urbano esquivando los coches. Sin apenas darme cuenta, llego al carril bici de la zona universitaria y enlazo con el de Elviña. Es el epílogo perfecto para esta tirada larga de gravel. El gusanillo de volver a rodar distancias serias está más que saciado, y hacerlo cruzando los campus universitarios de forma tan fluida es un auténtico regalo.
"...el fin no es rodar, rodar es el medio, el medio para descubrir nuevos sitios pero también para reencontrarnos con nosotros mismos".
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